Pese a que han pasado muchos años nunca olvidaré aquella primera visita con María a la que llegué completamente rota. Como tampoco que desde aquel primer día me proporcionó consuelo a una vida de sufrimiento. Recuerdo perfectamente, como si me la hubiera dicho ayer, el alivio que sentí al escuchar una frase suya: «Es como si intentaras parar un tsunami con la mano.»
Frase a frase, poco a poco, con su enorme bondad y conocimiento me reconfortó, palió una angustia insoportable, me hizo sentir que no estaba sola, me proporcionó herramientas para no sentirme desamparada. Durante esas conversaciones con ella me convirtió en una persona más fuerte pero también más justa. Me enseñó a ver el mundo con ojos más realistas.


